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Hay algo casi irónico en el balance que deja el gobierno de Gabriel Boric, y cada vez que lo pienso me cuesta no detenerme en el mismo punto.Llegó a La Moneda hablando de renovación, de una nueva izquierda que dejaría atrás las viejas formas de hacer política.
Pero visto con algo de distancia, la pregunta incómoda se impone sola: ¿qué quedó de ese legado histórico de la izquierda después de estos años de gobierno?
Porque ocurrieron dos cosas que, por separado, ya pesan bastante. Juntas, sin embargo, forman un simbolismo difícil de pasar por alto.
La primera fue lo de Isabel Allende.
No hablamos de una parlamentaria cualquiera: su apellido es parte de la historia de la izquierda chilena, y su carrera política no empezó ayer décadas de trabajo parlamentario y de militancia en el Partido Socialista la respaldan. Y aun así, terminó fuera del Senado.
Vale la pena ser preciso acá: quien la destituyó fue el Tribunal Constitucional, es un hecho.Pero tampoco se puede actuar como si el gobierno no tuviera nada que ver con el origen de la crisis,la fallida compra de la casa de Salvador Allende fue una operación impulsada por el propio gobierno de Boric, una decisión que terminó convertida en un problema político y jurídico de proporciones y que finalmente derivó en algo inédito: el cese de Isabel Allende como senadora por decisión del Tribunal Constitucional.
Deténgase un segundo en lo simbólico del asunto: la hija de Salvador Allende termina fuera del Senado durante el gobierno de la generación política que decía recoger, precisamente, la bandera de Allende. No es un detalle menor.
Y después vino lo de Michelle Bachelet.
Boric decidió jugársela por su candidatura a la Secretaría General de Naciones Unidas.Si había una figura de la izquierda chilena con peso internacional real, era ella,por eso la pregunta vale la pena: ¿esa candidatura tenía posibilidades reales, o fue simplemente una apuesta política que se decidió sostener hasta el final, costara lo que costara?
Cuando el presidente Kast asumió el gobierno, retiró el respaldo oficial de Chile a la candidatura. En su momento hubo críticas,pero hay decisiones que el tiempo termina juzgando distinto a como se juzgaron en caliente. Kast argumentó que la candidatura tenía pocas posibilidades de prosperar,hoy es difícil decir que se haya equivocado del todo.
Este 3 de septiembre, Bachelet reconoció algo que hace poco parecía impensable de escuchar: "Sé que no voy a ser secretaria general".Su candidatura quedó séptima entre ocho nombres en la segunda consulta informal del Consejo de Seguridad.
Ahí aparece de nuevo la paradoja...Boric impulsó a Bachelet para llegar a la ONU y terminó perdiendo
¿Significa esto que Boric quiso perjudicar a Bachelet, o sacar a Isabel Allende del Senado?
No lo sabemos , pero la política no se mide solo por intenciones, también por consecuencias. Y las consecuencias ahí están: durante el gobierno de Gabriel Boric, Isabel Allende terminó fuera del Senado y Michelle Bachelet fuera de una carrera internacional que su propio gobierno había decidido impulsar.
Dos mujeres que representan capítulos fundamentales de la izquierda chilena. Dos mujeres que, de una u otra forma, terminaron debilitadas durante el gobierno de la generación que llegó prometiendo justamente fortalecer y renovar ese sector político.
Boric quiso construir una nueva izquierda, pero terminó chocando con buena parte de la izquierda que existía antes que él.Un legado no siempre se destruye atacándolo directamente; a veces basta con tomar malas decisiones, calcular mal, confiar de más en las propias capacidades y no medir las consecuencias.
Al mirar hacia atrás queda una imagen difícil de ignorar: la hija de Salvador Allende fuera del Senado, y Michelle Bachelet reconociendo que no llegará a la Secretaría General de la ONU. Son generaciones distintas, historias distintas, circunstancias distintas,pero ambas son parte del legado histórico de la izquierda chilena.
Quizás esa sea, al final, la pregunta que Boric tendrá que responder algún día: ¿vino realmente a renovar el legado de la izquierda, o a debilitarlo?
La historia, como siempre, tendrá la última palabra.
Jaser Arriagada Campos
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